Las tres crisis literarias

Con rigor y acierto, el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal señala las tres crisis fundamentales por las que ha pasado la literatura latinoamericana del siglo XX.

La primera se da en los años veinte, y surge como una consecuencia de los “ismos” europeos que arremeten apasionadamente en contra del Modernismo.

La segunda se centra en los años cuarenta, cuando nace la denominada “literatura comprometida”, proclamada en Europa por Sartre, y encuentra campo fecundo dentro del cruel subdesarrollo latinoamericano.

Pero también en los años cuarenta confluye, junto al arte comprometido, la postura existencialista, que avasalla la literatura. Los escritores latinoamericanos existencialistas desarrollan, entonces, una creación ajena a los planteamientos de una política literaria determinada. No está de más recordar que el existencialismo nos viene de Europa, en idéntica forma que las posturas anteriores.

La tercera y última crisis —dentro de la cual aún estamos inmersos— se inicia en los años sesenta. En ella se prolongan los promotores de la literatura edificante, didáctica o de un compromiso, pero frente a estos comisarios implacables surge un nuevo proyecto que se ha tornado realización palpable en el arte literario: se trata de una valiente actitud de cuestionamiento de la obra literaria en sí misma; un repliegue y análisis crítico sobre el quehacer literario, una búsqueda de la escritura y, al mismo tiempo, del papel del subdesarrollo. Dentro de esta tercera y última crisis hay destacados escritores que adoptan un nuevo compromiso: el de la literatura con la literatura.

Ahora bien, en estas tres crisis que sufre la literatura latinoamericana en nuestro siglo, notamos una constante irrefutable: la del influjo de las letras y pensamientos europeos, los cuales, como tentáculos, se apoderan del alma de los creadores y pensadores del nuevo mundo. Y, que a pesar de toda proclama de independencia, notamos que —como en otras épocas— seguimos bajo los dictados de la vieja Europa.

Trataré de justificar lo dicho: en los años veinte, el ímpetu de los “ismos” es europeo. Del Dadaísmo, Surrealismo, Futurismo (entre otros) se pasa, en América, al Estridentismo, Ultraísmo, Creacionismo. La rebeldía nacida en Europa es en extremo contagiosa, y no por ser simplemente europea, sino por ser eminentemente humana, y por tanto, universal. Así surge el desasosegado poeta experimental Huidobro, que trata en vano de proclamar una originalidad jamás existente en las artes, al lanzar al mundo su escuela denominada “creacionismo”. Borges no escapa en su primera etapa al surrealismo y trae a América una derivante de esta corriente: el “ultraísmo”, arremetiendo duramente en contra de los “trebejos ornamentales” y la “circunstanciación” o anécdota, propios del Modernismo imperante. Neruda se ve invadido por el espíritu surrealista y practica una poesía excelsa, de dolor y sombra en su Residencia en la tierra. Vallejo —genialmente arbitrario— alcanza metas jamás soñadas por la escuela surrealista. Su talento, tan inmenso como su sufrimiento, crea la poesía más revolucionaria que haya existido en Latinoamérica; y aunque sobrepasa toda escuela, las huellas del surrealismo están claramente delineadas en su obra.

En todo caso, hemos de aceptar con resignación que, a pesar de nuestros alardes de pueblos que andan tras la búsqueda de su identidad (y ya la búsqueda implica un encuentro), la vieja Europa sigue, en una u otra forma, gobernando en gran medida nuestra literatura y arte en general.

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