Escritor colombiano, invitado a Puerto de Ideas

El intelectual conversará del tema junto al autor local Óscar Contardo, en el evento que se desarrollará los días 11, 12 y 13 de noviembre. Adelanta que en Latinoamérica la literatura se esfuerza por denunciar la violencia, por contrariarla, haciendo que la gente pueda entender su historia. Compartir Twittear Compartir Compartir Imprimir Enviar por mail Rectificar

20220¿Qué rastro ha dejado la violencia en el arte y la literatura latinoamericana? Esta pregunta intentarán responder los escritores William Ospina, de Colombia, y Óscar Contardo, de Chile, cuando conversen en el marco del Festival Puerto de Ideas.

El evento se realizarán el día 11, 12 y 13 de noviembre en Valparaíso, donde se reunirán destacadas personalidades de la ciencia y la cultura para conversar de distintos temas con el público.

Los autores estarán el sábado 12 en el auditorio Independencia de la Universidad de Playa Ancha (UPLA), a las 18:30 horas.

Ospina adelanta que en Latinoamérica la literatura se esfuerza por denunciar la violencia, por contrariarla, haciendo que la gente pueda entender su historia.

“Y la literatura también procura ser un bálsamo que cure las heridas. No es algo sólo nuestro: Homero decía que ‘los dioses labran desdichas para que a las generaciones humanas no les falte qué cantar’. Pero ese cantar no es una celebración: es un ejercicio de comprensión, de superación de los duelos, de cicatrización de la memoria”.

Poeta y ensayista Sin duda será una conversación interesante, que tocará también la obra de un creador que ha transitado por diversos géneros literarios dibujando una carrera poco habitual entre los escritores de nuestro ámbito cultural latinoamericano.

Ospina es poeta, ensayista, novelista y un poco historiador. Ha publicado ensayos como Esos extraños prófugos de Occidente (Random House Mondadori, 1994), y Los nuevos centros de la esfera (Aguilar, 2001), y las novelas Ursúa (Alfaguara, 2005), El País de la Canela (Random House, 2008), La serpiente sin ojos (Mondadori, 2012) y El año del verano que nunca llegó (Random House, 2015). Ha sido reconocido con el Premio Nacional de Literatura 2006 y el Premio Rómulo Gallegos 2009, entre otros.

Junto a Contardo explorará la manera en que enfrenta cada género, y expondrá su mirada sobre Latinoamérica, la forma en que ha sido descrita a partir de la violencia y nuestra propia idea de la paz. La imagen del descubridor y la del libertador, el sitio de los indígenas en este mundo creado y el de las ideologías como herramienta para encontrar justicia.

El objetivo es indagar en los cambios que le han tocado vivir a él como colombiano y su propia experiencia de las convulsiones sufridas por su país. ¿Cuál ha sido el lugar de los escritores en esa historia?

Las huellas de la violencia Ospina está dichoso con la invitación a conversar. “La he aceptado con entusiasmo porque me interesa mucho el intercambio y el diálogo sobre nuestro continente”, cuenta desde Bogotá.

“Me han pedido que hable de la huella que han dejado las violencias en nuestra cultura. Es un tema que he tratado tanto en mis poemas como en mis ensayos y novelas. La historia de América Latina, tan turbulenta como la de cualquier otra región del mundo, tiene sus elementos específicos. El choque de culturas, los mestizajes, los inmigrantes, la adaptación al territorio, la búsqueda de un camino propio para naciones e instituciones de composición compleja, todo es un desafío para el pensamiento y la imaginación”, comenta.

En libros como Ursua y El país de la canela , Ospina habla de la colonización y la violencia, específicamente de los primeros conquistadores españoles que llegaron a Colombia. ¿Por qué le interesó abordar este tema?

“Lo que buscaba no era la violencia, sino entender cómo se formaron nuestras naciones, cómo llegamos a ser lo que somos”, responde. “Pero cuando uno se inclina hacia la historia le llega enseguida un antiguo rumor de guerras y de mitologías. La Conquista de América es un hecho terrible pero también grandioso: lo más parecido que podamos encontrar al descubrimiento y la conquista de otro planeta”.

Aunque para Ospina la conquista fue una época de enorme barbarie, un gran genocidio, a lo largo de la Colonia nuestro continente fue, se diría, más tranquilo.

“Cuando pasaron por aquí los grandes viajeros de la Ilustración, sus problemas eran con los insectos y con la naturaleza”, dice. “Claro que estaba la discriminación de los nativos y la esclavitud, pero no encontraron una violencia social, sino más bien cierta resignación, que tampoco era muy admirable”.

Independencia y decepción Para el colombiano la violencia recomenzó con la Independencia y ha sido muy marcada en la era de las repúblicas.

“Yo se la atribuyo en parte a unas promesas que no se cumplieron. Nos hablaron de libertad, igualdad y fraternidad, pero más bien perpetuaron un modelo de discriminación y de negación de los derechos de mucha gente”, dice. “Y la gente soporta la pobreza, pero no la humillación, ni la extrema desigualdad: eso produce resentimiento”.

Además, agrega, para tener sociedades pacíficas hay que hacer un esfuerzo de dignificación, de educación, de inclusión en un orden civilizado.

“Nuestro continente trata a los pobres como si no fueran humanos, pero espera que se comporten como lectores de Séneca y de Montaigne”, señala. “Y lo que les da mínima tranquilidad a las sociedades modernas es un esfuerzo de justicia, un orden cultural que se ofrezca a todos por igual, unos proyectos históricos de los que todo el mundo pueda participar”.

El caso colombiano En la región, por desgracia, Colombia se destaca por la violencia. Ospina trató el tema en su libro Pa que se acabe la vaina (Planeta, 2013). Allí escribió que “después de siglos de repeticiones, donde una cultura, un pueblo y un territorio fueron persistentemente borrados y ninguneados por poderes arrogantes, una realidad enorme está emergiendo, un pueblo desconocido está descubriendo su propia existencia, un territorio está brotando a la luz”.

“Tarde o temprano lo que era guerra aprenderá a ser diálogo, lo que era violencia aprenderá a ser exigencia y reclamo, lo que era silencio podrá convertirse en relato”, señala esa obra.

“Mi argumento es que en todos nuestros países se requería un esfuerzo por ajustar la realidad al discurso liberal en que se fundaron las naciones”, dice.

“Ese discurso fue al comienzo un pretexto, un argumento para expulsar a España, pero aquí se perpetuaron los racismos, los clasismos, las castas señoriales. Después los países hicieron ese esfuerzo de realizar reformas liberales, salvo Colombia. En Colombia fracasó la reforma liberal, que en otras partes se hizo siquiera a medias. Y en 1948, cuando (el líder Jorge Eliécer) Gaitán encarnaba la ilusión de esa reforma liberal, su asesinato fue una gran frustración que Colombia está pagando todavía”.

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